Repensar los estudios literarios: crisis y renovación

Vivimos en la época de la queja institucionalizada entre intelectuales y académicos, tanto que desde hace años es común encontrar en periódicos y revistas culturales, anuncios apocalípticos sobre el fin o la crisis de la literatura, el arte, el libro, las humanidades; con el consecuente llamado a su salvación, aunque ésta casi se refiera sólo al regreso a los valores liberales y modernos de Occidente. Ante este lamentable espectáculo de marginación y retórica, un libro como Pequeña ecología de los estudios literarios. ¿Por qué y cómo estudiar literatura? de Jean-Marie Schaeffer (1952), editado este año por el Fondo de Cultura Económica de Argentina, no sólo es heterodoxo en su aproximación al tema, sino que, a escasos meses de su publicación, se antoja un elemento de debate importante para la renovación de los estudios literarios, urgente, sí, pero por razones distintas a las leídas usualmente.

Acorde con su formación como filósofo de la recepción, Schaeffer dedica buena parte de su breve libro a explicar las categorías fenomenológicas en las que sugiere basar los estudios literarios; en el que quizá sea el capítulo más arduo, para quien no esté familiarizado con la hermenéutica filosófica y las poéticas cognitivas, Schaeffer desarrolla una aguda argumentación para conformar la interpretación como el eje de los estudios literarios si se basa en la descripción de los mecanismos y estrategias de las prácticas literarias. La propuesta central del libro es la imbricación de los modelos descriptivo y normativo de la literatura en un afán por extender la capacidad de los estudios literarios, mermada por la endogamia teórica, la ignorancia deliberada y la falta de colaboración entre estudiosos.

La parte más provocativa y al mismo tiempo la más digerible —no menos rigurosa— es la dedicada a las propuestas sobre los estudios literarios. Para Schaeffer, la crisis no es de la literatura como práctica sino de los estudios literarios, y sus modelos de verdad y pensamiento, que convenientemente se olvidaron de la historicidad de la noción de “literatura” para acodarse en ella mientras el mundo, ajeno, se transformaba.

Aunque las propuestas de Schaeffer están situadas en Francia y la Comunidad europea a inicios del siglo XXI, no es difícil trasladarlas al avatar mexicano de la crisis. La enseñanza de la literatura está paralizada entre el aislamiento universitario, la precariedad teórica, la evaluación por contenidos y las prácticas pretendidamente analíticas, que obedecen al capital simbólico en el que surgen y no a su utilidad. Para Schaeffer, el contacto con la literatura en la etapa escolar debería suceder en la escritura antes que en labores seudo-analíticas; habría que guiar al estudiante en el goce estético y la profundidad cognitiva de escribir; en una sociedad en la que sus miembros educados participen de la escritura artística como un modo de reconocimiento, los estudios literarios cobran mayor relevancia. Ante el desdén de ciertos escritores, que suelen quejarse de que en estos tiempo cualquiera puede escribir, Schaeffer asegura que en esa habilidad está uno de los posibles caminos ante la crisis de la literatura, que debe ceder el paso a las prácticas literarias, diversas e intermediales; como en los estudios literarios el discurso normativo debe ceder el paso al modelo descriptivo/hermenéutico, posteórico (no antiteórico) e interdisciplinario.

A pesar de la institucionalizacion de la queja por la crisis de los estudios literarios entre profesores y críticos, la reflexión en torno de dicha crisis no suele alejarse del marasmo. Esta ausencia de autocrítica disciplinar puede deberse a factores tan diversos como la ideología latente en los modelos analíticos fundacionales o en la ignorancia y desprecio del pensamiento teórico entre los especialistas y los estudiantes.

No es casual que este momento de redefinición coincida con la resaca de la teoría literaria que viven, desde hace años, la mayoría de los centros dedicados al estudio de la literatura. Ante este impasse de la producción crítica, cabe preguntarse si podemos pensar los estudios literarios desde bases que tiendan a la complejidad y que sean capaces de asumir el momento postéorico actual, sin pensar en una salida regresiva a modelos no menos convencionales de muchas de las teorías del siglo XX. Ofrezco tres modelos que bien vistos pueden ser, cada uno a su modo, salidas de emergencia ante la crisis.

Las “materialidades de la literatura” no conforman un método de análisis ni una postura teórica sino un conjunto de problemas que permiten pensar los objetos literarios a partir de la relación entre la economía política de los objetos y sus mediaciones, las prácticas de lectura y el estudio de la cultura material de los medios y soportes en los que acontece lo literario; lleom inscribe una parte de sus propuestas críticas desde esta noción problemática. Así, es posible construir trayectos de análisis que partan de la configuración de un libro (la puesta en página, la presencia de imágenes) y se dirijan hacia los procesos de recepción y socialización de éste y su intervención en el campo literario; este modelo es particularmente generoso con el estudio de la literatura digital e intermedial, dadas las fisuras visibles en los modos de realización literaria de los soportes electrónicos.

Franco Moretti, estudioso de ascendencia marxista, ha propuesto a lo largo de su trabajo un modelo que llama distant-reading (en oposición a la close reading), que consiste en la migración de métodos analíticos de las ciencias duras (gráficas, árboles evolutivos, mapeos y estadísticas) hacia el estudio de los procesos diacrónicos en gran escala de la conformación y variación de los géneros literarios. Su compendio en dos volúmenes sobre la novela como género mundial (The Novel: History, Geography, and Culture, 2006 y The Novel: Forms and Themes, 2007) y su más reciente Distant reading (2013) son apenas una muestra de las posibilidades del trabajo colaborativo y postéorico en la disciplina, lejos del carácter normativo de los modelos precedentes.

Por último, en uno de sus más recientes libros, El acontecimiento de la literatura, el crítico y teórico Terry Eagleton emprendió la inmodesta labor de generar una teoría de las teorías literarias del siglo XX que explique la consistencia de ellas a partir de la compleja red de parecidos que las conforman. Su propuesta es pensar el objeto literario como una respuesta estratégica a un marco de condiciones que la rodea, pero que se incluyen dentro de la propia obra. Sin desdeñar la autonomía de la obra y sin condicionar su existencia a un modo exclusivo de lo literario, la búsqueda de la o las estrategias que la configuran permite echar mano de un pensamiento posteórico en tanto que asimila las condiciones de producción y recepción de las obras, además de generar traslados entre modelos teóricos diversos.

Las tres propuestas parten de un reconocimiento de la crisis disciplinar, y por ello rebasan el ámbito de la queja autista para integrar saberes y problemas de distinta índole; esto, de otro modo, es lo que proponía Schaeffer como una salida para la ecología de “poda y quema” de los estudios literarios, a fin de renovar su pertinencia en el mundo contemporáneo.

Ensayo publicado orignalmente en dos partes en Diario La Tempestad, 21 de agosto de 2013 y 19 de septiembre de 2013.

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