Partituras para escuchar el sonar del mundo

La semana siguiente del taller De programas, instrucciones y órdenes post-hipnóticas: el motivo de la partitura en el arte y la poesía contemporánea” que tuvimos con Belén Gache se llevó a cabo en la Escuela Nacional de Música “El sonar el mundo”, un taller a cargo del compositor suizo Manfred Werder, cuyo repertorio es un vasto ejemplo de los dislocamientos de la noción de partitura en la disciplina musical.

A veces no puedo creer que esto forme una obra” dice Manfred Werder refiriéndose al conjunto de partituras que conforman su trabajo como compositor, aquellas que se agrupan bajo el nombre de frases encontradas. Las frases encontradas son un subgrupo dentro de su obra para el cual él mismo se impuso una instrucción, una partitura: reunir citas que, incluso descontextualizadas, reflejen alguna concepción personal de la música. Una vez presentadas como partituras, las frases provenientes de autores como Jacques Derrida, Gilles Deleuze y Félix Guattari, Alain Badiou, entre otros, son un desafío para quien decida materializar abstracciones filosóficas en sonido. Al mismo tiempo este subgrupo de composiciones conforma una suerte de manifiesto en constante crecimiento. El taller contó con dos días de charla en un salón la ENM y tres sesiones de derivas y actualizaciones de algunas páginas de las series Ausführende en espacios públicos de la Ciudad de México.

Por su parte, durante cinco sesiones, Belén Gache nos sumergió en un océano de ejemplos de partituras desde la notación neumática, pasando por las vanguardias artísticas del XX, los autómatas celulares hasta los algoritmos que configuran el arte en la red. Así,la amplia gama de escrituras y prácticas imperativas funcionaron para Gache como puntos de quiebre generadores de una distancia reflexiva frente a sistemas tradicionales de notación y escritura, así como frente a cualquier tipo de código social.

Un rasgo compartido entre los casos mostrados por Gache y la obra de Werder es la apertura de los códigos a través de la inclusión de signos provenientes de otros sistemas. Tanto en su escritura como en su realización dichas manifestaciones entrelazan retazos de una disciplina y de otra. No hay que olvidar que las bases de lo que se convirtió en el sistema de notación musical predominante en occidente no se sentaron sino hasta el Renacimiento. A lo largo del tiempo y del espacio la escritura de la música ha presentado múltiples formas, lo cual revela que la representación del sonido siempre ha sido un asunto vagabundo que acompaña al ser humano desde tiempos remotos. Sin embargo, dentro de las Historias del arte y la música se considera que fue a partir de las vanguardias cuando los códigos empezaron a mezclarse: la partitura musical se fugó hacia lo visual y simultáneamente en otras áreas artísticas se produjeron textos u artefactos pensados para interpretarse, accionarse, ejecutarse, pero sobre todo para sonar. La transgresión de los códigos y su consecuente indeterminación ofrecen obras con múltiples posibilidades de lectura e interpretaciones, obras que pueden leerse como estructuras vacías esperando su ejecución.

Tal es el caso del libro de artista o “Flux kit” intitulado Water Yam, una colección de eventos o fluxscores de la autoría de George Brecht impresas en tarjetas de diversos tamaños. Dichos eventos consisten en textos cortos en modo imperativo, su brevedad remite a las frases encontradas de Werder quien incluso reconoce la influencia de Brecht. Aunque con la observación de que, a diferencia del neoyorquino, quien a través del evento diluyó los límites entre música, teatro, danza y literatura, el interés principal de Werder es ampliar el fenómeno sonoro. Dentro del universo documental de fluxus destacan el libro Pomelo de Yoko Ono y el ya citado Water Yam como dos de las recopilaciones más significativas de eventos; sin embargo cabe recomendar The fluxus performance workbook, una compilación editada por Ken Friedman, Owen Smith y Lauren Sawchyn donde se reúnen más de 500 ejemplos de la autoría de Dick Higgins, Nam June Paik, Alison Knowles, George Maciunas, Jo Jones entre muchos otros no tan populares miembros del grupo que en los 60 inauguró las denominadas poéticas del acontecimiento.

Como ya hemos mencionado, en las partituras de Werder la fuga se dirige hacia el texto en algunos casos y en otros hacia lo numérico. Para él la partitura funciona como un contenedor de la potencia del incesante mundo sonoro que habitamos y del que somos parte, el papel como la materia que pone en tensión o que enmarca dentro de un contexto espacio-temporal lo efímero de ese mundo sonoro. Las partituras de las series Ausführende consisten, a nivel gráfico, en una retícula de números y puntos que se leen de izquierda a derecha. Cada elemento (punto o número) corresponde a una unidad de doce segundos durante la cual se realiza una acción o un silencio. Los puntos (.) señalan los silencios, mientras que los números (1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9) indican el turno de(l) (los) ejecutante(s) para producir un sonido (no necesariamente una nota musical) con cualquier objeto de su elección (no necesariamente un instrumento musical) durante seis segundos. De este modo esta serie es una respuesta a la práctica de la música de orquesta en donde los músicos tocan al unísono dentro de un contexto espacio-temporal regulado. Por el contrario, las actualizaciones (concepto que aclararemos más adelante) de estas series se realizan fuera de la sala de conciertos, ya sea en lugares cerrados o al aire libre, y la naturaleza de su escritura implica una mayor conciencia del otro y del entorno a través de la escucha. El término actualización es el elegido para sustituir el de interpretación, para Werder resulta más adecuado el primero puesto que designa el momento en el que cada sonido ocurre de manera única e irrepetible y ocupa su lugar dentro de la estructura absoluta que es la partitura. Al mismo tiempo, concibe el contexto como el soporte del acontecimiento posible que contiene la partitura, ésta como una parte del mundo y su actualización como una parte de ella y, al mismo tiempo, del mundo.

Después de las dos sesiones de “El sonar del mundo” en la ENM, se eligieron tres sitios para realizar tanto actualizaciones como derivas, las cuales consisten en vagar por las calles realizando acciones sonoras improvisadas bajo la premisa de integrarse al entorno sonoro, más que buscar anularlo. El primer sitio elegido fue el zócalo capitalino, apenas a unos días del desalojo del campamento de maestros, a unas horas de reabierta la circulación en los alrededores. La cita fue a las seis de la mañana en la estación del metro Allende, una vez ahí emprendimos una caminata de derivas sobre la calle de Tacuba, para girar en 5 de febrero, donde un grupo de vendedores de periódicos preguntaron por la serenata, expectantes frente a un grupo de paseantes madrugadores con instrumentos en mano. Los sonidos percutivos propios de un puesto de boleador en montaje, envueltos por una radio que sintonizaba música ligada a su recuerdo nos condujeron hasta la intersección de 5 de febrero y Madero. Ahí nos instalamos, como bañistas a la orilla del mar, contemplando una plaza pública ocupada desde meses atrás por festivales, ferias, escuelas de ciclismo urbano, campamentos de manifestantes y centros de acopio, uno tras otro. Infranqueable. ¿Y es que cuándo fue la última vez que la Plaza de la Constitución estuvo desocupada? Cual metáfora medieval, hallamos el corazón de la ciudad bordeado por vallas metálicas y custodiado por elementos policiales: audiencia y contexto. Un silbato, una cajita de música, una kalimba, una guitarra, una ocarina, una maraca, un juguete mecánico sonaron intermitente y tímido, como acompañamiento al absurdo barrer de dos escobas que perseguían la basura y el polvo de transeúntes ausentes. —Es el afilador. —No, güey son los camotes. Risas. El sonido del polvo. ¿Ustedes que música tocan? ¿Están tristes, verdad? Sí, yo escuché algo raro, luego lo volví a escuchar y me di cuenta que era el muchacho con su silbato. Una audiencia que no es convocada y sin embargo sí es invitada a escuchar distinto, a escuchar el sonar el mundo. Una oportunidad de encontrarse para escucharse escuchar el mundo en ese tiempo, en ese espacio. Todos los sonidos de aquella mañana resuenan aún como aprendizaje empírico de las prácticas que a través de la instrucción no buscan imponerse sino sembrar quiebres y posibilidades.

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